Después de meses de haber anunciado que, de consuno, la Secretaría de Educación Pública y la Secretaría de Salud restringirían la venta de alimentos altamente calóricos en las escuelas, finalmente se ha hecho pública la lista de los productos industrializados específicos que podrán venderse en los planteles de educación primaria y secundaria. Porciones individuales de hasta 140 calorías, con cierta tolerancia los frutos secos ricos en grasas por su valor nutritivo. Antes habían publicado ya los lineamientos que deben regir en los alimentos disponibles. Todo ello para atacar desde la escuela la obesidad infantil, que ha adquirido en México condiciones de epidemia.

La medida ha encontrado apoyo entre diversos sectores de la opinión publica. Sin embargo, al poco que se le rasque, la medida impulsada por la Secretaría de Salud y asumida por la SEP, más bien parece un claro caso de política pública diseñada para salirle al paso a un problema, para responder a las presiones de algunos grupos de opinión, para aparentar que se está haciendo algo, más que una política diseñada con el propósito de atacar de lleno las causas de lo que se quiere combatir.

La medida adoptada por las instancias del gobierno mexicano no es novedosa. En Estados Unidos y en algunos países de Europa han habido diversos programas para restringir la disponibilidad de comida de alto contenido calórico, con grasas trans o saturadas y de poco valor nutritivo en las escuelas. Las evaluaciones realizadas a esos programas, aunque sin conclusiones incontrovertibles, son bastante pesimistas en cuanto a sus resultados sobre la reducción de masa corporal de los niños y adolescentes. Es verdad que ha conseguido proveer de alimentos considerados más sanos a los centros educativos, pero su impacto ha sido mínimo o nulo en cuanto a la reducción de la obesidad.

La medida adoptada, además, se fundamenta en bases científicas controvertidas, pues hay una corriente fuerte de estudios que afirman que la obesidad se ha desbordado no tanto porque haya aumentado el consumo de calorías, sino porque se ha reducido sustancialmente la actividad física de los humanos en la medida en que la vida urbana ha sustituido a la rural y se ha abandonado el trabajo físico. También hay genetistas que afirman que como se trata de una propensión que está en el código biológico heredado de ciertos individuos, y no en todos, debería ser tratada como un problema médico específico como se atiende, por ejemplo, a los fenilcetonúricos.

Pero más allá de la discusión propiamente médica, de la que no sé más que lo accesible para mí en los textos de divulgación, el asunto es que como política pública, la medida parece endeble. ¿De verdad se va a combatir a la obesidad a fondo con la prohibición en las escuelas de las papitas y los refrescos? ¿Cuánto gastan los niños de las escuelas públicas en comida durante sus recreos? ¿De verdad ese consumo es el que los tiene gordos? Me puse a indagar entre quienes tuve a la mano cuánto podían comprar con su dinero los niños en las escuelas. Un estudiante de secundaria de una escuela privada cara de la Ciudad de México me dijo que él era de los que más llevaban diario de entre sus compañeros, pues disponía de 20 pesos al día. No creo que en una escuela pública del mismo nivel los niños puedan llevar la cuarta parte, 5 pesos, para comprar alguna chuchería en la cooperativa escolar. Por más grasienta o azucarada que sea, esa no puede ser la causa de su gordura.

El problema es que cuando lo que se hace es aparentar que se están tomando medidas, la sociedad puede creer que son suficientes y no hacer nada más. Los niños podrán comer ahora relativamente sano en los recreos, pero antes de entrar seguirán echándose su torta de tamal con atole como nutritivo desayuno, y a la salida los esperará de comida un huarache con bistec, unos tacos dorados o unas quesadillas fritas, que por su estirpe popular no han sido mal vistas por quienes han aplaudido a la SEP y Salud por enfrentarse a los industriales. Y lo que es más grave: en las escuelas mexicanas, la actividad física y el deporte seguirán siendo prácticamente desconocidas.

 

Escuelas a dieta
Jorge Javier Romero
El Universal

Viernes 17 de septiembre de 2010

Analista político

http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/49887.html